lunes, 7 de marzo de 2011

EL SEXO NO ESTA EN LOS GENITALES





Las elecciones del próximo 22 de mayo marcarán un antes y después para las personas transexuales. Por primera vez, un Parlamento -la Asamblea de Madrid- contará en sus escaños con una diputada del colectivo también conocido como transgénero.



Carla Antonelli figura en los puestos de salida de la candidatura del PSOE que encabeza Tomás Gómez para las autonómicas. El camino hasta convertirse en 'señoría' no ha sido fácil para ella. Tampoco lo es la vida diaria para los transexuales que tienen que enfrentarse a los prejuicios de una sociedad que, además de desconocer su realidad, les margina e, incluso, les convierte en objeto de burla.




Ares Piñeiro, de Santurtzi, y la donostiarra Andrea Muñiz son dos ejemplos de la lucha de este grupo por hacer valer sus derechos. Al frente de las asociaciones Errespetuz y Transexualidad Euskadi, respectivamente, han liderado diferentes batallas como conseguir que, a finales de 2009, Osakidetza incluyese entre sus prestaciones las operaciones de reasignación sexual que, hasta entonces, subvencionaba para que se practicaran en clínicas privadas. La medida no llegó a tiempo para Ares. Andrea, en cambio, es una de las diez personas operadas en Cruces en estos catorce meses. Uno y otra relatan a EL CORREO su experiencia por haber nacido con unos órganos sexuales con los que nunca se identificaron.
Ares Piñeiro
«Quería un barco pirata, pero los Reyes siempre me traían muñecas»
«Nací con cuerpo de mujer, pero soy hombre». Si algo molesta a Ares Piñeiro, 38 años, es cualquier referencia a la etapa en la que su físico era femenino. Y le molesta por una razón muy simple: «soy hombre y siempre lo he sido», proclama tajante. «El sexo no está en los genitales, sino en la cabeza». Esta frase refleja el sufrimiento que arrastra un transexual hasta lograr que mente y cuerpo sintonicen, que vayan a la par, sin interferencias.




Ares -su nombre anterior no existe, lo quemó hace tiempo «igual que las fotos»- percibió desde muy pequeño que algo no le cuadraba. «Quería tener 'pitilín'. Quería un scalextric o un barco pirata, pero los Reyes me traían siempre una muñeca, así que terminé por tirarla por la ventana», cuenta este joven de Santurtzi, cuyo recuerdo de la infancia es bastante amargo. «En el colegio, lo que deseaba era jugar con otros niños y no me dejaban. He sufrido insultos. No llevaba lazos, no me gustaban; quería ropa de chico porque siempre me he sentido chico, pero lo que me llamaban era 'marichico' o 'chicazo'» .




La niñez no fue fácil, pero la adolescencia resultó un horror. Si por lo general se trata de una etapa un tanto difícil por los cambios hormonales, puede resultar un tormento para personas como Ares. «La pasé solo, sufriendo en silencio. Decidí que me vestía como un hombre». Una consecuencia directa del drama interno fue el fracaso escolar. A los 15 años, el chaval con aspecto de chica dejó de estudiar y se encerró en la habitación. El drama individual adquirió dimensión familiar. «Mis padres veían lo que pasaba, pero les costaba admitirlo. Tampoco conocíamos a nadie en la misma situación».




Ares empezó a ver la luz al final del túnel cuando contactó con el servicio vasco de atención a homosexuales, bisexuales y transexuales Berdindu. «Me permitió relacionarme con gente como yo». Tras aquel primer paso, entró de lleno en la acción. Puso en marcha Errespetuz, una asociación en defensa de los derechos de los transexuales.




Hace cuatro años, se operó. Como Osakidetza no cubría entonces esta cirugía, recurrió a una clínica privada. Necesitó dos meses para recuperarse, pero mereció la pena. «La reasignación de sexo no es cumplir un sueño, sino despertar de una pesadilla. Por fin mi cabeza estaba acorde con mi cuerpo», comenta. El cambio de nombre en el DNI le costó dos años. Ser Ares a efectos oficiales fue un respiro porque dejó de soportar miradas impertinentes cada vez que debía identificarse o tenía una entrevista de trabajo que siempre terminaba con el evasivo «ya le llamaremos».




Los coches son su debilidad. Tiene todos los carnés de conducir. Desde hace unos meses trabaja con un camión en el Ayuntamiento de Santurtzi. Además, cuenta con el respaldo de su familia. ¿Se puede pedir más? «Sí. Queda mucho por hacer. Hay que informar a la sociedad, seguir en la lucha para que otras personas transexuales no pasen por un sufrimiento tan largo».



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